Mientras escribo esto, los mejores del mundo están en Kona. Peleando la Queen K con el viento de frente, cruzando el Energy Lab bajo el sol, rumbo a Ali'i Drive.
Yo también rodé la Queen K esta semana. En mi sala, arriba del rodillo, los mismos kilómetros a miles de kilómetros de Hawái. 180 kilómetros. 1,386 metros de desnivel. Cuatro horas con cincuenta y cinco minutos encerrado, viendo la misma carretera correr en una pantalla. Sin viento de verdad, sin calor de lava, sin nadie alrededor. Y aun así, no se me ocurre mejor forma de honrar esta semana.
Porque a la Queen K ya la conozco de verdad.
El año pasado, justo por estos días, la rodé completa en Kona. 171 kilómetros bajo un calor que no perdona, reconociendo la ruta del Mundial dos días antes de que Rox la corriera. Esa semana entendí algo que no se explica desde afuera: Kona no es una carrera, es un lugar que se te mete. El olor del océano, el negro del lava field, el silencio de la carretera. Se queda contigo.
Un año después, no tengo el calor ni el mar enfrente. Tengo una pared, un ventilador y una laptop. Pero la devoción no cambia de código postal.
Me subí al rodillo porque podía quedarme viendo la transmisión, o podía rodar. Y rodar, aunque sea en mi sala, es mi forma de estar ahí. De decirle a esa carretera que sigo aquí, que no se me ha olvidado, que un día voy a volver con un número en el pecho.
Porque esa es la otra mitad de la historia, y no me la voy a guardar: correr Kona es el sueño. El rodillo no es premio de consolación. Es una promesa. Honro la Queen K de lejos no porque me haya rendido, sino porque sigue siendo mi norte, lo que me hace levantarme a entrenar los días que no tengo ganas.
La disciplina es eso. No es esperar a estar en el lugar correcto. Es hacer el trabajo donde estés, con lo que tengas, el día que toca. Aunque nadie te vea. Aunque no haya meta esperándote.
Kona no necesita dorsal para honrarla.
Pero el mío lo voy a ir a buscar.