Todo comienza con un sueño… competir en un mundial.
Después de los primeros años de trabajo se logra: primero un triatlón Sprint, luego el Olímpico y ¿por qué no?, también un medio Iron.
El nuevo sueño es aún más grande: llegar y completar un Mundial de Ironman (3.86 km Nadando, 180km en bici y 42.2 km corriendo). Un objetivo complicado, porque para calificar tienen que alinearse muchos factores: competencias, experiencias y, sobre todo, aprendizajes que solo se adquieren con el tiempo. Y aquí comienza este viaje…

10 días para el evento
Todos los que han hecho un IRONMAN saben que la maleta es fundamental: ahí va todo lo que necesitas para la competencia. En los días previos, todo gira en torno a la carrera: los detalles, los pensamientos, los nervios. Sí, todavía hay que chambear, pero la mente ya está sumergida, el cuerpo sobre la bici y el espíritu corriendo.

6 días para el evento
Cómo pudimos haber empacado tanto, aún no lo entiendo. ¡Parecía que nos mudábamos! Con ese cargamento rumbo al aeropuerto, lo único sensato fue un buen desayuno para cargar energías antes de un viaje muuuuuuuy largo hacia un sueño por cumplir. Traté de dormir durante el trayecto y tuve éxito limitado: de las 18 horas que pasaron desde que salimos de casa hasta llegar a Niza, logré dormir seis.


Aterrizamos pensando en llegar al hotel a descansar, pero la aventura apenas comenzaba. Subirse al transporte público con cuatro maletas y una bicicleta por las calles de Niza es un deporte aparte. Pensé: "Come on!", estamos en el primer mundo, pero incluso los países desarrollados tienen limitaciones. Con tanto equipaje no hay forma de trasladarse de manera sencilla.

Y lo primero que quería hacer al llegar no era comer ni ir al baño: lo que más deseaba era armar a la princesa. No hablo de Rox, hablo de mi otra princesa: la bici. Por suerte, todo llegó sano y salvo, sin un solo rasguño. Con semejante caja, no esperaba menos.
La nueva misión era evitar dormirnos y aprovechar el resto del día de la mejor forma. Como zombies, salimos a vivir nuestra primera experiencia gourmet, obviamente fuera del hotel, después de haber recorrido Niza con toda nuestra mudanza.
¡Comimos una sopa de cebolla, tenía que ser esa! Llevaba meses saboreándola. La acompañamos con mariscos de toque culinario francés, bastante buenos por cierto. Después, para seguir matando el tiempo, caminamos varios kilómetros y fuimos descubriendo esos paisajes que pronto serían nuestro hogar durante quince días.
Paseamos por el Promenade des Anglais hasta llegar al Cadran Solaire, que para nuestra sorpresa estaba intervenido con un erizo gigante, una instalación temporal que conmemoraba el Año del Mar 2025. Terminamos la jornada con nuestra primera puesta de sol en tierras galas, no sin antes correr desesperados en busca de un baño por todo el paseo. Casi nos perdemos el momento, pero llegamos justo a tiempo para disfrutarlo mientras sonaba, cortesía de un compatriota, Calma (Gangalee Remix).

5 días para el evento
Rox me abandonó mientras yo reposaba y me preparaba para salir en la bici. Era nuestra primera aventura ciclista en este lugar maravilloso: rodamos hacia Cagnes-sur-Mer, con el mar a un costado en esa ciclovía interminable que recorre toda la Costa Azul. Qué ganas de hacerla completa, pero ni hablar… solo tocaba una hora. Bueno, terminé haciendo una hora cuarenta: no podía resistirme a rodar más en un sitio así de espectacular.

Después, caminamos en busca de nuestra merecida comida del día. Para nuestra sorpresa, ya estaban montando lo que sería nuestra casa los próximos días: el Ironman Village. Allí estaba el famoso póster con el nombre de todos los atletas. Me acerqué emocionado, la piel erizada, y me tomé la tan ansiada foto. Yo y todos los que logramos calificar, reunidos en un mismo espacio. Lo increíble es cómo aquí convivimos tanto los "atletas terrenales" como los profesionales, todos bajo el mismo techo simbólico.

Llegó la hora de comer nuestros bien ganados y sagrados alimentos: unos paninis que, para nuestra sorpresa, se pedían y estaban listos en apenas cinco minutos, hechos al momento. Ni los ready to go de Starbucks son tan rápidos. ¡Ufff, qué delicia estaban!

Más tarde visitamos la Fontaine du Soleil, de Alfred Auguste Janniot, en la Place Masséna. Allí se levanta la imponente figura de Apolo —o "Apolititititititititito", como lo bautizamos por andar con físico de esteroides olímpicos—, custodiado por cinco planetas de la mitología grecorromana: Venus, Marte, Mercurio, Saturno y, por supuesto, la Tierra. Nos quedamos asombrados también con el suelo de mosaicos blancos y negros: simplemente increíble.
4 días para el evento
Prueba de natación. Nos levantamos temprano para ir a probar las maravillosas aguas azules del Mediterráneo. Era una mañana cálida, sin necesidad de abrigarnos demasiado. Caminamos, una vez más, por nuestra nueva calle favorita del mundo mundial: el Promenade des Anglais, rumbo a la Baie des Anges.
Me sentía un poco nervioso. Sabía que no era una carrera oficial, pero el ambiente se sentía como tal. Por cuestiones de seguridad nos entregaron un chip para nadar, y había que alistarse como si fuera competencia. Había muchísima gente. Cabe resaltar que esta prueba estaba abierta no solo a los participantes del Mundial, por lo que Rox también estaba inscrita. Con el campeonato tan cerca, nadie quería perderse la oportunidad de probar una parte de la natación de manera simulada.
Ya con la tensión a tope me doy cuenta: ¡mis goggles no estaban sincronizados con el reloj! Y a esas alturas ya no podía hacerlo. Tendría que lanzarme así, sin vincular los Form. Viéndolo a la distancia era un detalle menor, pero en ese momento, con los nervios, se sentía enorme. No quedaba más que improvisar. Al final, un Ironman es eso: muchas horas de carrera, muchos retos y cientos de decisiones que tomar sobre la marcha. Mi decisión fue clara: nadar sin sincronizar.
En medio de mi inquietud, Rox estaba tranquila. Su ecuanimidad me incomodaba y al mismo tiempo me calmaba. Yo pensaba: ¿por qué no se pone como yo?. Pero, gracias a esa serenidad, siempre encuentro un espacio de paz.
Hora de enfundarse el neopreno. Después de varios meses sin usarlo, entrar en esa faja de buzo fue toda una aventura. Entre calorcito, sudor y nervios, costó más de lo normal. Tras varios minutos de batalla, Rox me ayudó con los ajustes finales y quedamos listos para entrar al agua.
Sumergirse en esas aguas azules fue una experiencia distinta desde el primer instante. Aquí no hay arena, hay rocas enormes que, al pisarlas descalzo, parecen clavarse hasta la garganta. Mantener el equilibrio era casi imposible. Recordé cuando de niño pisaba juguetes regados en mi cuarto, ese dolor punzante como si Darth Vader hubiera encajado su sable de luz directamente en el empeine.
Ya dentro, esperaba algo tipo Cozumel, donde se ve el fondo. Aquí, apenas unos metros y después solo un azul profundo que no invitaba a pensar qué podía haber más abajo. El agua no estaba fría; al contrario, fresca y perfectamente soportable sin neopreno. Pero era pesada, movida, y me hizo sentir lento. Ok, me dije, esta no será mi mejor natación, pero será distinta, con una visibilidad increíble y en un espacio que impone respeto.
Avancé con calma, probando corrientes, sintiendo la pesadez del agua y, por qué no, tragando uno que otro sorbo más salado que la Selección en octavos de un Mundial.
Terminamos la prueba, entregamos el chip y recibimos agua para quitar el sabor del mar. Tocaba recoger la medalla… pero sorpresa: ¡se habían acabado! En un Mundial, nada menos. Cientos de atletas molestos. Minutos después, anunciaron que las traerían en breve, mientras nos consolábamos con croissants y café. Bueno, corrijo: croissants sin café, porque también se había terminado. Tocaba sacrificarse con un croissant franchute seco.
Finalmente, apareció nuestro amigo voluntario con la caja de medallas olvidada. Fuimos por la nuestra, y aunque el detalle se había perdido, por fin la teníamos.
De regreso al hotel, pasamos primero por el Ironman DOT para otra foto con mi nombre, por la expo para hacer compras de rigor y para saludar a nuestros cuates noruegos Gustav y Blummenfelt, que andaban por ahí como si nada. Firmamos también el mapa gigante, donde los mexas dejamos siempre huella con orgullo.


Luego tocaba recoger el paquete de competencia. Fui nervioso a la mesa para recibir mis números. En eso, un atleta japonés me pidió que le tomara una foto. Acepté amablemente… pero no paró ahí. Me pidió otra desde otro ángulo, otra en la cola para la mochila, otra saludando, otra con la mochila puesta. Come on, men, yo también quiero recoger mis cosas, no convertirme en tu community manager. Con una sonrisa y cien fotos después, le devolví su celular y ahora sí pude recibir mi mochila conmemorativa.
La mochila, preciosa. La veía con amor mientras la voluntaria me hablaba en francés. Yo pensaba: ¿por qué nunca estudié francés, si apenas me las arreglo con el español?. Al notar mi cara de desconcierto, cambió a inglés y me explicó el contenido. Salí feliz con mi mochila de ese espacio solo para atletas, listo para encontrarme con Rox.
La encontré en el garden lounge, viendo un video de Ironman de esos que hacen sentirte el mismísimo Tony Stark salvando al mundo. Y sí, Rox ya estaba con lágrimas en los ojos.
Seguimos en la expo y aprovechamos para ir al hotel vecino, sede de los corporativos de IM, para la acreditación del paquete de Rox. Yo ya no podía con el cansancio y me tiré, literal, en la sala del refinado hotel (ojo: no subí los pies al sillón, hasta eso no tan naco). Con el carb load a tope, terminamos el día con una pasta deli en el Café de Paris antes de regresar a descansar.
3 días para el evento
Levantamos temprano para rodar de nuevo, esta vez hacia el lado contrario al del día anterior, rumbo a Mónaco. Solo tenía que hacer 45 minutos, pero llegamos hasta Villefranche-sur-Mer. Había un poco más de tráfico que en la ciclovía del día previo, pero nada grave; de hecho, fue divertido. Las vistas seguían siendo espectaculares y, la verdad, me corroía la envidia de quienes viven allí y ruedan por estos paisajes a diario.

Llegó un momento en que la ciclovía se transformó en carretera y pensé: no traemos barredora… jajaja. Aunque, claro, aquí no se necesita. La gente respeta mucho más al ciclista. ¿Un claxon o una mentada cerca de mí? Ni una sola. ¡Fack, increíble!
Al terminar, hicimos un foto tour no oficial en bici, parando en cada rincón para guardar recuerdos de esos momentos mágicos. Regresando, creíamos que ya llegábamos tarde a la junta previa de natación (esas en las que un "experto" explica la ruta). Para nuestra sorpresa, alcanzamos la charla y recibimos algunos tips útiles para la prueba.
Después descansamos un poco, aunque yo tenía tarea pendiente de mi coach Claudia Beristain: "No te pases de lanza, estira las patitas". Ese consejo lo dejé para el día siguiente, porque tocaba hacer un tour por Niza junto con una amiga nuestra, una chava simpática que nos llevó a conocer los rincones más emblemáticos.
Parados frente al Hotel Cresp, nos hizo notar algo que nunca habríamos visto: varias de sus ventanas estaban pintadas. Se llaman ventanas trompe-l'œil ("engañar al ojo"). En la antigüedad en Francia se cobraban impuestos por número de ventanas; muchas familias las clausuraban y las pintaban para mantener la estética del edificio sin pagar más.

Pasamos por la Ópera de Niza, reconstruida en 1881 tras el incendio del edificio original de 1776. Luego recorrimos las calles estrechas y llenas de vida, con mercados, comercios locales y restaurantes. Entramos a la catedral para dar un pequeño agradecimiento al patrón por dejarnos estar allí.

Más tarde comenzamos a subir por la Escalier Jules Eynaudi. OMG, qué vistas y qué escaleras. Qué bueno que esto no fue un día antes de la carrera, porque me hubiera fulminado. Tras varias subidas llegamos a una cascada artificial con una vista hermosa, y de ahí al Parc de la Colline du Château, uno de los mejores miradores para admirar la ciudad: el mar a un lado y la ciudad al otro. Desde allí se percibe Niza como un triángulo natural: mar, ciudad moderna y casco antiguo, con Masséna como vértice que los une.

De regreso de la caminata probamos una socca, una especie de torta muy delgada hecha con harina de garbanzo, aceite de oliva, sal y pimienta. Nos explicaron que se cocina en bandejas de cobre en hornos de leña y se sirve en pedazos irregulares, bien dorados. Deliciosa.

De vuelta en el hotel, llamamos a México para felicitar a Santi por su cumpleaños número 19 (con la ayuda de Ruy, claro). Hicimos la foto oficial de cumpleaños, aunque fuera a la distancia. Gracias, Santi, por entender que el Mundial coincidía con tu día y que no podíamos estar presentes.
Ahora tocaba prepararse para el Desfile de Naciones, un clásico de todos los mundiales: cada país reúne a sus atletas y familiares para desfilar por la ciudad. En este caso, salimos desde el letrero de I Love Nice. Llegamos temprano porque, como abanderado, debía estar antes que todos. Al que madruga, Dios le ayuda… y en este caso me ayudó a llevar la bandera de México.
Poco a poco fueron llegando más atletas y paisanos. Fotos, videos, intercambio de cuentas de IG, impresiones, nervios. Al desfilar por las calles, nuestra delegación se distinguió con su estilo particular: un paisano sacó una bocina y, con música incluida, armamos el ambiente más ruidoso de todo el contingente.
Como cierre del día tuvimos la cena con los organizadores, en Le Galet. Era más un evento para patrocinadores que para atletas. Había botellas de champaña suficientes para empedar a medio Niza, y nosotros, los atletas, sin poder tocar una copa. Allí entendimos que este tipo de cenas no eran realmente para nosotros.
El invitado fue Patrick Lange, quien dio un testimonio breve y se marchó de inmediato, acompañado por su novia, que controlaba cada paso y cada caloría que consumía. Y es que, claro, los profesionales tienen una preparación impecable. Ese tipo de disciplina es lo que los pone en la cima.
Podría sentirme mal por no estar en ese nivel… pero no. Recordé mi objetivo: este Mundial no era para obsesionarme con tiempos, como en mi último Ironman que era romper la barrera de las 10 horas, que, cuando iba tan concentrado ni siquiera disfruté del paisaje. Esta vez sería distinto: mi meta era gozar cada instante, grabarlo en el corazón. Este Mundial es un premio a años de dedicación.
Terminamos el día viendo un atardecer inolvidable, agradeciendo por estar allí y por todo lo que nos había llevado hasta ese momento.

2 días para el evento
Hora de preparar bolsas. Me rehúso desde el momento en que Rox me dice: "hoy hay que dejarlas temprano".
¿Qué son las bolsas? En un Ironman se entregan varias bolsas de transición:
- La T1, con lo necesario al salir del agua para subirte a la bici (casco, zapatos, lentes).
- La T2, para dejar la bici y salir a correr (tenis, gorra, geles).
- Dos Special Needs: una a mitad de la bici y otra a mitad de la carrera, con comida o repuestos extra.
- Y la Morning Clothes, donde guardas tu ropa previa a la salida.
Todas sirven para tener tu equipo organizado y agilizar cada cambio. Solo de contarlo ya me da flojera, jajaja.

Una barrera de intención me dice: "espérate, lo haces después". ¿Por qué lo veo así? En el fondo sé que es otro paso más hacia el sufrimiento, y mejor retrasarlo un poco. Pero claro, el Ro "intenso" me grita: "¡Ya güey, haz las pinches bolsas y un pendiente menos!".
Desayunamos en Ann Ette y luego nos fuimos al Banquet de Bienvenue. Buscamos nuestra mesa, nos acomodamos y, obvio, comenzamos a ver si aparecían los Pros. Pero, claro, a ese evento nunca van: todos están descansando.
El show inaugural nos tenía preparados un performance que simulaba el viaje de un triatleta en su camino a completar un Mundial. Dentro de la dinámica, invitaron a ponerse de pie a aquellos atletas que vivíamos nuestro primer campeonato. Fue imposible no reflexionar: todo el camino, los retos, el sufrimiento, las alegrías y derrotas que me habían traído hasta allí. Entre el video, la música y tener a mi princesa al lado, la piel se me puso chinita y las lágrimas salieron solas.
Después pidieron ponerse de pie a la familia que nos apoya, la que nos aguanta durante meses y hace posible que estemos allí. Rox se levantó conmigo y compartimos lágrimas de cocodrilo, representando a mi familia, a mis amigos y a mis ángeles que me cuidan desde el cielo: mi mamá, mis abuelos, mis tíos.

1 día antes del evento
El día antes. Ese día en el que dejas de dormir, en el que lo único que quieres es descansar… y termina siendo tan largo como el mismísimo Ironman, solo que aquí casi no haces nada.
Temprano fuimos a dejar las bolsas de transición (sí, esas que les conté que preparé) y la bici. Ya no había marcha atrás, Ro. Con el rezo interno de que no se me olvidara nada, cargué mi bici con las pilas de los cambios al 100, las bolsas listas, y nos dispusimos a caminar rumbo a la transición.
Solo el hecho de caminar con la bici y las bolsas ya me hacía sentir que la competencia había empezado. Los nervios me recordaban que se venía un día muy importante. Agradecido, nervioso, con ganas de reír, llorar y gritar, aceleré el paso. Caminaba rápido, intentando olvidarme de todo, con un solo objetivo: llegar y entregar.
Cruzamos la alfombra roja de la transición y mi corazón se aceleró. La bici parecía descontrolarse, como si se me fuera a caer; las bolsas me pesaban; el cuerpo empezó a inventar dolores que no tenía. Me repetía: "son dolores fantasma", porque sabía que al sonar el cañón emblemático del Mundial, todo desaparecería.
Llegué a la alfombra azul, la que indica que estás en la T1. El estampado con el logo del Ironman World Championship me obligó a sacar mi "millennial" interior y grabar el momento. Oh my God, mi número estaba justo al lado de una enorme escultura del campeonato. No podría haber mejor referencia para recordar dónde había dejado la bici al salir del agua.
Coloqué la bici en el rack, le di su bendición y le susurré: "Dueña de mis nalgas, cuídate y pórtate bien durante la noche. Mañana te llevaré a lugares inimaginables, con paisajes hermosos que nos costará conquistar, pero si te portas bien, juntos podremos vencerlos".
Ya por la noche, Rox me ayudó a colocar las estampas con los Bib numbers. Luego, a descansar y a subir las patitas, tal como mi coach me había pedido.
Championship Day
Ponemos el despertador a las 5:20, pero desde las 4:30 ya estoy despierto, imaginándome cruzando la meta. Visualizo cada brazada, cada pedaleada, cada zancada. Le hablo a mi cuerpo: "No me falles, estamos preparados. Hoy es el día".
Querida hernia lumbar: sé que estás ahí, me has acompañado estos últimos cuatro años. En algún momento vas a gritar, lo sé, pero hoy no pienso escucharte. Perdón, sé que lo haces por cuidarme, pero ya entrenamos para estar fuertes. Así que compórtate, contrólate y no grites demasiado.
Suena el despertador. Hago como que duermo, no sé si Rox finge igual, pero toca medirme el HRV. Todo bien, el cuerpo dice: "listo". Café, desayuno, WC, bloqueador, chamois, trisuit, estiramientos de espalda… sudadera puesta y ¡vámonos!
Bolsa de Morning Clothes en mano, ánforas con electrolitos llenas y ropa lista para nadar. Sin wetsuit: la temperatura del agua pasó los 24 grados, así que ni de broma se permitiría. Eso significa una natación más lenta, pero también más cómoda.
Caminamos bajo el amanecer hacia la T1. Debo estar allí a las 6:30, aunque mi grupo sale casi al final. Entro nervioso, acomodo todo, busco una bomba para las llantas… y ¡se aparece Rox en la transición! ¿Cómo lo logró? Solo atletas y staff entran. Quizá su gafete le dio acceso, o tal vez la confundieron con alguien de IM. No importa, la tenía ahí. Amorosamente me ayuda a revisar todo: bici, alimentación, sensores, Garmin. Lo que parecía rápido nos tomó más de 40 minutos.
Vamos a ver las salidas. Los pros ya están en el agua. Grupo tras grupo, los nervios suben. ¿Voy al baño? ¿Estoy bien? Me estiro, tomo mis últimas gotas de electrolitos, un Mortem y quedan diez minutos para arrancar.
La panza se comprime, las manos sudan, los pies tiemblan, el corazón se acelera. Los ojos no saben si reír, llorar o esconderse bajo los goggles. Me pongo el speedsuit; no puedo subirlo, pero Rox está ahí, firme, ayudándome entre los nervios. Ahora sí, goggles listos. Nada de lágrimas: empañan los lentes.
Reviso el reloj en modo triatlón, verifico transiciones y conexión con mis Form Goggles. Gorra, goggles, últimas fotos, despedida de Rox y su bendición—igualita a la que me daba mi mamá cada mañana de niño.

Hora de moverse, Ro. ¡A la línea!
Me lanzo rápido para ganar lugar. Dos minutos para el arranque. Flotamos, cada uno buscando la mejor posición. ¿No que ibas tranquilo, Ro? ¿Qué haces hasta adelante?
¡PUM! Balazo de salida. Pataleo, brazada, respiro. Normalmente en la alberca respiro cada tres, pero aquí imposible: cada dos, y aún me falta aire. Logro mirar el fondo, está hermoso… hasta que un sape me recuerda que estoy en plena batalla. Codos, rodillas, pies, plantas chocando. Primera boya: caos. Segunda, más tranquila.
Al medio camino alcanzamos rezagados del grupo anterior. Pobres, les debe estar lloviendo con todo. La primera mitad me costó; la segunda se sintió más fluida. El pace no era el de siempre: la corriente estaba durísima.
Salgo del agua, veo a Rox y le grito: "¡Estuvo Durísimo!". Corro a la T1. Bolsa, cambio rápido, casco, guantes—error, debí ponerlos en la bici. Zapatillas, corro con la bici, paso la salida y ¡arranca la etapa de 180 km!

Minuto uno, Garmin grita en mi cara: "Critical battery in Front Derailleur". ¡¿QUÉ CARAJOS?! ¡Si la cargué ayer! Esto no puede estar pasando, no hoy, no aquí. El estómago se me revuelve, la mente me grita que me sabotearon. Pedaleo furioso, pero a los 2 km la pila muere. Se me viene a la cabeza un solo pensamiento: "Alguien me la cambió, no hay otra explicación". Siento rabia, frustración y miedo de que todo mi Mundial se derrumbe por una maldita pila.
Al km 10 la primera gran subida me obliga a parar. Tiemblo de adrenalina mientras me orillo, rezando que no tumbe a nadie. Con manos torpes cambio la pila trasera al desviador delantero. El cambio entra. Respiro. Sigo.

Así sería todo el recorrido: cuatro paradas, cuatro veces obligado a manipular la bici en pleno Mundial, sumando más de 25 minutos perdidos. Veinticinco minutos de impotencia, de sentir que me estaban arrancando pedazos de carrera… y aun así, cada vez me repetía: "Sigue, cabrón, sigue. Este Ironman lo terminas con o sin pilas".
Pero ni modo: a disfrutar. 180 km con 2,600 m de ascenso.
Desde el inicio, cada curva era un espectáculo. Pasábamos por pueblos colgados en las montañas, con casas de piedra y balcones llenos de flores. El mar al fondo siempre acompañando, recordándome dónde estaba corriendo este Mundial.
Las subidas eran largas, duras, de esas que parecen no terminar nunca, pero al mismo tiempo el paisaje lo compensaba. Entre bosques, carreteras angostas y montañas que se abrían de repente, el esfuerzo se sentía menos.
Y cuando llegaban las bajadas… uff, pura recompensa. Giros cerrados, velocidad y la sensación de estar volando con el viento en la cara. Había que mantener la concentración porque el trazado exigía, pero cada kilómetro valía la pena.

Los columpios, los falsos planos y los tramos más tranquilos servían para recuperar un poco, tomar aire y volver a empujar. El recorrido lo tenía todo: técnico, exigente y al mismo tiempo impresionante.
Ya en los últimos 10 km, planos, las piernas iban al límite. No pensaba en el maratón todavía, solo quería bajarme de la bici porque el asiento ya pedía clemencia. Pero al mismo tiempo, sabía que había vivido una de las rutas más duras y espectaculares que he hecho en un Ironman.
Llego a T2. Cambio completo en plena carpa :X (en Europa se permite). Vale la pena: un minuto más, pero libertad para correr sin sentir pañal.
Arranco a correr. La espalda me grita: "¡Ya basta, inútil!". Le contesto en mi cabeza: "Ya aguantaste lo más duro, solo quedan tres horas y media… vámonos".
Los primeros metros sirven para agarrar ritmo. Cada avituallamiento es rutina: agua, electrolitos, gel… y a seguir. La ruta es plana y rápida, pero con trampa: son cuatro vueltas. Buena para los espectadores —que vibran y te empujan—, durísima para los atletas que tenemos que repetir una y otra vez el mismo circuito. La ventaja: vería a Rox ocho veces, algo que en ningún otro Ironman me habría pasado. Esa sola idea ya valía.
Km 8. De pronto escucho "La Cucaracha", no la versión de mariachi sino una batucada armada por las tiburonas azules. Sí, Rox estaba ahí, con todo su relajo, haciendo fiesta. Me saca una sonrisa enorme, le doy un beso rápido y sigo. Esos segundos de alegría valen oro.

Segunda vuelta. Me siento fuerte. El cuerpo responde, la espalda deja de pelear y pienso: "esto va bien". El ambiente es increíble: corredores por todos lados, gente animando en varios idiomas, niños sacando la mano para chocar. Es imposible no contagiarse.
Tercera vuelta. El caos. Los pensamientos oscuros aparecen: "¿por qué haces esto? ¿vale la pena?". Siento cansancio en cada músculo. Es la etapa en la que mentalmente quieres parar. A ratos rezo, a ratos miento madres, a ratos río solo. Pero no dejo de correr. Me repito como mantra: "Ro, disfruta, ¡estás en un Mundial! de Ironman, solo el 0.8% logran llegar".
Última vuelta. El chip cambia. Pienso en mis hijos siguiéndome desde casa, en cómo me ven luchar a distancia. Eso me da fuerza. Acelero lo que puedo. Km 39. Esa avenida que al llegar a Niza amé, ahora la odio; solo quiero terminarla. Pero también la agradezco: es el pasillo hacia el sueño. Recuerdo cada entrenamiento, los días buenos, los días en que no podía con el dolor. Esos momentos de debilidad fueron los que forjaron el carácter para estar aquí. Se me pone la piel chinita.
Km 42. Veo la meta. El tapete azul, los logos del campeonato, la rampa final. Es como subir simbólicamente a lo más alto. Entro con todo lo que me queda. Corro, salto: mi Signature Jump. No sé de dónde sale después de tanto castigo, pero sale. No de las piernas, sino del corazón.

Rox me recibe en la meta, me coloca la medalla. Sensación indescriptible: orgullo, lágrimas, agradecimiento. Minutos después suena mi teléfono: la llamada de mi pequeña princesa Alexa, diciéndome palabras de amor y orgullo que valen más que cualquier tiempo o medalla.

Cierro este día agradeciendo a todos: A Dios por permitirme estar aquí, a mi compañera de cada km Rox, cada entrenamiento y mi Maurten diario. A mi coach Claudia Beristain sin ti este sueño seria imposible. A Pepe y mis compañeros de Mind2Motion, a mi familia, mis hijos, Papá, Ericka, Ana, Adolfo, Hector, primos, Luzma, Pepe, Sandra, Jose, Al Bike Team (Gabo, Marron, Aguas, Xavi, Chavalo), mis doctores: mi hermano Luiz, Alan, nutrióloga Gaby, masajista Clemente, y colegas de la chamba… Todo un ejército que hizo posible este sueño.
Este cruce no lo hice solo. Lo crucé con ustedes.
¡Gracias, gracias, gracias!
The World Championship Collection

El set completo de medallas de Campeonato del Mundo: cada distancia, cada meta. (The complete set of World Championship triathlon medals — every distance, every finish line.)